No era sólo información. Era memoria. Al navegar por "Células", la tableta la llevó a un laboratorio diminuto donde una célula tenía la voz de un anciano que recordaba su origen en el primer soplo de vida. Le explicó, sin tecnicismos lacerantes, cómo cada orgánulo desempeñaba su papel: la mitocondria —un fogón que nunca se apaga—, el núcleo —biblioteca de historias—, el retículo —senderos de mensajeros. Sofía tomó notas que se tejían en su cuaderno físico como si la pantalla y el papel conversaran.
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